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4 claves para deshacerse de los prejuicios

Puede que no nos demos cuenta pero tomamos la mayoría de nuestras decisiones cotidianas a partir de prejuicios y optamos por creer o no en una noticia, según nuestros prejuicios. ¿Qué conviene que sepamos de ellos para evitar que otros nos engañen, que nos domine la irritación y queden limitados nuestros proyectos de vida?

Aquí hay 4 preguntas clave y sus respuestas para emprender una reflexión sobre el rol de los prejuicios en su manejo de las noticias, en su vida y en la de su entorno.

¿Qué son los prejuicios y de dónde vienen?

En la psicología social se dice que es una condición humana que nos inclina a responder de una forma u otra a determinados estímulos y que lo hacemos según una forma previamente aprendida. Los prejuicios suelen resultar de una percepción negativa de ciertas situaciones o grupos de personas y, en consecuencia, implica una forma de desprecio a las características de ese grupo o situación.

¿Qué sabemos de los prejuicios?

Hasta ahora, que son producto del aprendizaje, que se basan en experiencias que han tenido lugar a lo largo de nuestras vidas, especialmente durante la infancia que es la etapa de la vida en que fijamos con más fuerza los resultados de nuestra interacción con los demás, pasados por un poderoso filtro emocional. De niños aprendemos lo que piensa nuestra familia o nuestra comunidad sobre los demás, antes de conocer a los demás o a la comunidad. Estos aprendizajes se hacen a partir de información inexacta o incompleta sobre el grupo, lo que resulta en una valoración negativa y del mismo signo serán las consecuencias.

Los prejuicios distorsionan nuestra forma de percibir la realidad aunque tengan algún basamento, porque pesa más la información incorrecta y la generalización intencional o accidental que nos provoca la suma de experiencias anteriores con los demás. Por eso son tan difíciles de eliminar; arraigados desde la infancia, las personas los creen con fervor incluso cuando se les muestren pruebas en contra.

Mucha gente cree que está pensando, cuando en realidad está reorganizando sus prejuicios.

William James, filósofo
(1842-1910)

¿Cómo se forman los prejuicios?

Instintivamente. Rápidamente generalizamos aspectos muy específicos de nuestra experiencia individual o de grupo y damos por buena la que refuerce alguna creencia o un conjunto de ellas. Con esto también se responde el cuándo: justo en el instante antes de razonar.

“Los hombres sólo quieren sexo”, “las mujeres venezolanas son las más bellas”, “los árabes son terroristas”, “los gais son chismosos”, “pasar por debajo de una escalera da mala suerte”, son formas de hacer calzar a la fuerza lo que percibimos como realidad, en una valoración que ya teníamos.

Muchas personas mueren con sus prejuicios de toda la vida. Algunas investigaciones han concluido que en nuestra evolución como especie tuvimos la necesidad, por mera supervivencia, de hacer juicios instantáneos. Sí, de detectar a nuestros iguales o aliados con un solo vistazo, podía depender nuestra vida.

Todas las culturas imprimen prejuicios en sus miembros, nos enseñan a asociar con rapidez dos ideas y -dependiendo de los resultados de esa asociación- reforzamos o no el juicio previo, el prejuicio.

Aunque se supone que es posible educar contra los prejuicios, no se sabe a ciencia cierta cómo. De hecho, todo proceso educativo es una lucha contra los estereotipos que ya se han instalado en el individuo desde su más tierna edad.

Se aboga por familias y educadores racionales -mucho más racionales de lo que es racional esperar- que hagan un esfuerzo extraordinario para lograr que los educandos razonen su proceder y valoren hacerlo sin rechazos previos aunque sus pares -que también influyen- los hagan.

¿Cómo superar los prejuicios?

La clave parece ser la racionalidad. Reflexionar sobre el hecho de que los prejuicios pueden ser un obstáculo para nuestros logros y, en general, para una vida más plena. Si es el caso, valorar que hay un beneficio concreto al descartarlos: allanar el camino para que los demás no los tengan para con nosotros. Luego, desaprenderlos; algo que puede ser tan simple o tan complicado como dejar un mal hábito: tomar conciencia, estar alerta  para reconocerlos cuando surjan y, serenamente, ponderar su fundamento, sentido real, alcance… y no dejar que decidan por nosotros.

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