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Uslar Pietri: El tamaño del mundo.

Arturo Uslar Pietri

Artículo de Arturo Uslar Pietri, publicado en El Nacional, el 21 de septiembre de 1986, p. A-4.

¿De qué tamaño era el mundo para el hombre del Neolítico? ¿O para un habitante de Sumer, o de la Atenas de Pericles; del París de Abelardo o de Rousseau? Sin ningún riesgo podríamos decir que era mucho más pequeño que el que se ofrece a la curiosidad del hombre de hoy. El hombre del Neolítico vivía en un espacio estrecho, en un medio natural limitado, con relaciones fijas y casi inmutables con lo que lo rodeaba. No solamente podía conocer todo lo que le importaba sino que, de hecho, por la sola necesidad de vivir, tenía que conocerlo. Ese mundo reducido e inmutable podía designarse en toda su amplitud con un puñado de voces. El vocabulario era tan pequeño como el mundo y suficiente para expresar todos los aspectos y relaciones que lo caracterizaban.

El del hombre de Sumer era más grande tanto geográfica como intelectualmente. Conocían la Mesopotamia y el espacio del Oriente Medio y hasta una historia completa de su mundo. El tamaño ha ido creciendo continuamente, hemos pasado de ser el centro del universo a convertirnos en los marginales habitantes de un pequeño planeta de un pequeño sol, de una pequeña galaxia entre los millones de soles y de galaxias que forman el universo. El más lejano objeto que han detectado nuestros telescopios está a  20 mil millones de años luz de la Tierra, lo que es infinitamente más que aquel universo que diseñó Ptolomeo, en el que una cercana luna y unas parpadeantes estrellas giraban en esferas concéntricas en torno al gran planeta central que era el asiento del hombre. Podríamos seguir la ampliación continua de la extensión del mundo hasta hoy para hallar que cada vez se ha hecho más vasto, más inabarcable, más difícil de comprender y explicar.

El hombre del Neolítico, seguramente, tenía por necesidad un vocabulario del tamaño de su mundo. Nosotros los contemporáneos del alba del Tercer Milenio de la Era Cristiana no lo tenemos. Eso significa básicamente, que la inmensa mayoría de los seres humanos y, en cierta forma, todos sin excepción no estamos en capacidad de nombrarlo por entero.

Los filósofos del lenguaje nos han enseñado a distinguir entre lengua y realidad, entre lenguaje y mundo. Lo que ha crecido, en verdad, no es el mundo, sino el conocimiento del mundo por el hombre. Ese conocimiento no tiene otra manera de expresarse y comunicarse que por medio de palabras, de pobres, limitadas y aproximadas expresiones orales que corresponden imperfectamente a la cosa que pretendemos nombrar.

Con razón han podido decir algunos de estos grandes pensadores que el lenguaje no es sino un conjunto de expresiones significantes con una relación siempre limitada y siempre deficiente con lo que se pretende significar, o que el significante y el significado no son exactamente lo mismo.

Con toda razón ha podido decir uno de los más influyentes filósofos contemporáneos que “las fronteras de mi lenguaje significan las fronteras de mi mundo”, que es lo mismo que afirmar que el tamaño del mundo para cada hombre es el de su vocabulario.

El descomunal crecimiento del vocabulario, del conocimiento y la velocidad de su expansión y complicación lo hacen literalmente inabarcable. Los mejores diccionarios de las grandes lenguas modernas no pasan de 500 mil palabras. No hay ningún ser humano que las pueda conocer todas y usarlas adecuadamente. Y aun cuando llegara a semejante hazaña de la retentiva se encontraría que los nombres han continuado aumentando sin detenerse y que su difícil empeño no podrá, por lo tanto, completarse nunca. Los lexicógrafos de Estados Unidos han estimado que la sola actividad de la NASA ha ocasionado la creación de más de 10 mil palabras nuevas, que designan nuevos objetos, nuevas relaciones y nuevas funciones.

Frente a la inmensidad creciente del mundo del conocimiento, que con todo ello está muy lejos de alcanzar la dimensión completa del mundo real en toda su inagotable variedad y cambio continuo, es desproporcionadamente pequeña la cantidad de comprensión y de expresión de los seres humanos. La mayor fuerza limitante con la que tropiezan es la del tamaño reducido e inadecuado de su propio vocabulario.

Una gran parte de los habitantes del planeta emplea un vocabulario no mayor de 500 palabras. Todo lo que ignoran lo arropan con borrosas alusiones, comodines, o simple perplejidad. Su percepción del tamaño del mundo no puede ir más allá de su vocabulario, en verdad, su mundo no puede ir más allá de lo que logran expresar esas 500 voces. Todo lo que sobrepasa esa medida está fuera de la posibilidad de su conocimiento, casi como si no existiera.

Los medios de comunicación masivos de nuestros días lanzan continuamente un torrente incontenible de información que escapa a la comprensión de la mayoría de quienes lo reciben. Están condenados a darse cuenta de que existe exteriormente un mundo en el que no pueden penetrar, ni siquiera conocer, porque carecen del instrumento lingüístico mínimo para poderlo intentar.

Nunca fue más trágica que hoy esa desproporción, porque jamás antes hubo una multiplicación semejante en la extensión múltiple de los conocimientos y en su continua y creciente tendencia a expandirse. Esto plantea un inmenso problema a la educación de hoy. Ya no hay posibilidad de encerrarse en un mundo limitado y suficiente como fue el caso de los campesinos hasta hace poco tiempo, los medios de comunicación que no dejan fuera de su alcance, prácticamente, a ningún habitante de ciudad, llevan a los millones de televidentes, radioescuchas y lectores de prensa la noticia de todos los progresos científicos y tecnológicos, que el vocabulario de los más de ellos no les permite asimilar. Están condenados a no poder conocer.

El primer e insustituible paso, para disminuir en lo posible esa incomunicación y esa amenazante brecha que tiene consecuencias tan graves de todo género, consiste en el estudio continuo y permanente del lenguaje. Una enseñanza eficaz y creciente del lenguaje, de su uso, de su enriquecimiento sin tregua, debería ser el primer y más importante objeto de la educación.

Todo lo demás depende de esto, sencillamente, porque no se puede avanzar en el conocimiento si no se dispone de las palabras necesarias para expresarlo y adquirirlo. No aprendizaje inerte de reglas de gramática sino de lenguaje vivo, hablado y escrito, que con cada palabra nueva aumente el tamaño del mundo para cada hombre.

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